
Llegó a Madrid hace cuarenta años y cuenta los Oscars por parejas, aunque así, a primera vista, uno juraría que nunca abandonó el pueblecito manchego donde nació. Suele decirse que las personas acaban pareciéndose a su pareja, a su mascota o a aquello con lo que conviven. En este caso los genes de su padre, vendedor de embutidos, se perpetúan en el rostro charcutero, de brillantes y prominentes pómulos, de un hombre que se resiste a la cosmética del refinamiento. Y es que Almodóvar, aprovechando la superdotada rusticidad de su físico, no podía ir sino de palurdo por la vida. Y a mucha honra. Por lo demás, podemos decir que su indomable pelo crespo —tirando a blanco antes que a oscuro—, es más propio de niño revoltoso que de dócil monaguillo, experiencia que, como sabemos por sus películas, marcó a Almodóvar en su mala educación.
Cuando habla, Almodóvar rehúye lo solemne sin dejar de lado la seriedad. A menudo se ríe de sus propias palabras, de sus costumbres, de sus manías de director y guionista. “Es muy difícil aguantarme”, afirma mientras toma el vaso con sus manos fuertes, de dedos anchos como morcillas. En ningún momento deja de hablar, y con su voz de actor de doblaje va revistiéndolo todo de humor. Se nota que disfruta en las entrevistas y le gusta gustar. Se siente sereno, contento consigo mismo después de los múltiples reconocimientos internacionales. Además, cuida mucho su indumentaria. Su vestimenta juvenil, de vivos colores, desmiente su edad.
Almodóvar destruye a cada momento las ideas preconcebidas acerca de su personalidad, formadas por lo retorcido de sus argumentos, por las pasiones laberínticas de sus películas más conocidas. Quizá era el estudiante más díscolo de su colegio de curas y no nos habíamos enterado. Pero no: su discurso fluido y argumentado demuestra que su poderosa cabeza está bien asentada sobre los amplios hombros, y que el joven veinteañero que trabajaba en Telefónica y soñaba con hacer cine se aprendió la lección de los clásicos a deshoras, entre turnos de guardia, en el gigantesco edificio de la Plaza de España.
Almodóvar pide con naturalidad otra botella de agua mineral. Es la tercera que bebe. “Si tomo alcohol, me entra sueño”, nos dice. Los tiempos de excesos quedaron atrás, y ahora sólo bebe alcohol si al día siguiente no va a acudir a las oficinas de su productora, El Deseo. Esto, nos asegura, no ocurre casi nunca. De hecho, Almodóvar se define como un apasionado de su trabajo. “Cuando una historia me atrapa, no puedo soltarla hasta que ruedo la película”, dice mientras sonríe con sus ojos minúsculos y pícaros. En ese momento se cumple el tiempo que habíamos concertado. El camarero trae la cuenta y Pedro se interesa por ella. Quiere invitarnos. Mientras nos levantamos e intercambiamos despedidas le deseamos suerte en sus próximos proyectos.
Cuando habla, Almodóvar rehúye lo solemne sin dejar de lado la seriedad. A menudo se ríe de sus propias palabras, de sus costumbres, de sus manías de director y guionista. “Es muy difícil aguantarme”, afirma mientras toma el vaso con sus manos fuertes, de dedos anchos como morcillas. En ningún momento deja de hablar, y con su voz de actor de doblaje va revistiéndolo todo de humor. Se nota que disfruta en las entrevistas y le gusta gustar. Se siente sereno, contento consigo mismo después de los múltiples reconocimientos internacionales. Además, cuida mucho su indumentaria. Su vestimenta juvenil, de vivos colores, desmiente su edad.
Almodóvar destruye a cada momento las ideas preconcebidas acerca de su personalidad, formadas por lo retorcido de sus argumentos, por las pasiones laberínticas de sus películas más conocidas. Quizá era el estudiante más díscolo de su colegio de curas y no nos habíamos enterado. Pero no: su discurso fluido y argumentado demuestra que su poderosa cabeza está bien asentada sobre los amplios hombros, y que el joven veinteañero que trabajaba en Telefónica y soñaba con hacer cine se aprendió la lección de los clásicos a deshoras, entre turnos de guardia, en el gigantesco edificio de la Plaza de España.
Almodóvar pide con naturalidad otra botella de agua mineral. Es la tercera que bebe. “Si tomo alcohol, me entra sueño”, nos dice. Los tiempos de excesos quedaron atrás, y ahora sólo bebe alcohol si al día siguiente no va a acudir a las oficinas de su productora, El Deseo. Esto, nos asegura, no ocurre casi nunca. De hecho, Almodóvar se define como un apasionado de su trabajo. “Cuando una historia me atrapa, no puedo soltarla hasta que ruedo la película”, dice mientras sonríe con sus ojos minúsculos y pícaros. En ese momento se cumple el tiempo que habíamos concertado. El camarero trae la cuenta y Pedro se interesa por ella. Quiere invitarnos. Mientras nos levantamos e intercambiamos despedidas le deseamos suerte en sus próximos proyectos.



