jueves, 20 de agosto de 2009

Caricatura-Conversación imaginaria con Pedro Almodóvar


Llegó a Madrid hace cuarenta años y cuenta los Oscars por parejas, aunque así, a primera vista, uno juraría que nunca abandonó el pueblecito manchego donde nació. Suele decirse que las personas acaban pareciéndose a su pareja, a su mascota o a aquello con lo que conviven. En este caso los genes de su padre, vendedor de embutidos, se perpetúan en el rostro charcutero, de brillantes y prominentes pómulos, de un hombre que se resiste a la cosmética del refinamiento. Y es que Almodóvar, aprovechando la superdotada rusticidad de su físico, no podía ir sino de palurdo por la vida. Y a mucha honra. Por lo demás, podemos decir que su indomable pelo crespo —tirando a blanco antes que a oscuro—, es más propio de niño revoltoso que de dócil monaguillo, experiencia que, como sabemos por sus películas, marcó a Almodóvar en su mala educación.
Cuando habla, Almodóvar rehúye lo solemne sin dejar de lado la seriedad. A menudo se ríe de sus propias palabras, de sus costumbres, de sus manías de director y guionista. “Es muy difícil aguantarme”, afirma mientras toma el vaso con sus manos fuertes, de dedos anchos como morcillas. En ningún momento deja de hablar, y con su voz de actor de doblaje va revistiéndolo todo de humor. Se nota que disfruta en las entrevistas y le gusta gustar. Se siente sereno, contento consigo mismo después de los múltiples reconocimientos internacionales. Además, cuida mucho su indumentaria. Su vestimenta juvenil, de vivos colores, desmiente su edad.
Almodóvar destruye a cada momento las ideas preconcebidas acerca de su personalidad, formadas por lo retorcido de sus argumentos, por las pasiones laberínticas de sus películas más conocidas. Quizá era el estudiante más díscolo de su colegio de curas y no nos habíamos enterado. Pero no: su discurso fluido y argumentado demuestra que su poderosa cabeza está bien asentada sobre los amplios hombros, y que el joven veinteañero que trabajaba en Telefónica y soñaba con hacer cine se aprendió la lección de los clásicos a deshoras, entre turnos de guardia, en el gigantesco edificio de la Plaza de España.
Almodóvar pide con naturalidad otra botella de agua mineral. Es la tercera que bebe. “Si tomo alcohol, me entra sueño”, nos dice. Los tiempos de excesos quedaron atrás, y ahora sólo bebe alcohol si al día siguiente no va a acudir a las oficinas de su productora, El Deseo. Esto, nos asegura, no ocurre casi nunca. De hecho, Almodóvar se define como un apasionado de su trabajo. “Cuando una historia me atrapa, no puedo soltarla hasta que ruedo la película”, dice mientras sonríe con sus ojos minúsculos y pícaros. En ese momento se cumple el tiempo que habíamos concertado. El camarero trae la cuenta y Pedro se interesa por ella. Quiere invitarnos. Mientras nos levantamos e intercambiamos despedidas le deseamos suerte en sus próximos proyectos.

martes, 18 de agosto de 2009

"El armario de Abdou" en inglés


Hace unos días, navegando por la Red, encontré por sorpresa esta breve reseña en inglés de "El armario de Abdou" (acompañada de una escueta biografía de un servidor salpicada con varias imprecisiones). El texto, cuyo autor desconozco, aparece en la página 3 del documento pdf que podréis leer pinchando aquí: http://www.fluency.es/assets/newsletter/Newsletter_June_09.pdf

sábado, 1 de agosto de 2009

"Desgracia", de J. M. Coetzee


El escritor sudafricano (aunque recientemente nacionalizado australiano) John Maxwell Coetzee es el único premio Nobel que he visto en persona. Hace poco más de dos años vino a la universidad de Murcia. Coetzee llegó a la conferencia conduciendo su propio coche desde el sur de Francia, algo loable y a la vez infrecuente en personalidades del mundo literario, sobre todo si tenemos en cuenta que muchos escritores españoles de escaso renombre ponen como condición si ne qua non para sus conferencias que un taxi pagado por la organización les lleve de la puerta de su casa al mismo lugar del acto. Recuerdo cómo esa tarde el sudafricano, visiblemente poco acostumbrado a las solemnidades del mundo académico hispano, aguantó con timidez el aplauso de concurso televisivo que le dedicó el auditorio nada más verlo entrar. Después, tras disculparse por su torpe dominio oral del español, leyó en inglés durante una hora y media varios textos de la que sería su próxima novela, Diario de un mal año. Creo que todos nos fuimos con la impresión de haber escuchado a un hombre pulcro, educado y humilde.

Su novela Desgracia, que ha sido llevada al cine y recientemente estrenada en España, apareció en el mercado literario anglosajón en 1999. La obra se desarrolla en Sudáfrica tras el fin del Apartheid. El argumento resulta sencillo: el protagonista, David Lurie, es un hombre maduro, dos veces divorciado, que trabaja como profesor de poesía romántica inglesa en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo. David tiene una relación con una alumna. De repente, una denuncia por acoso sexual le lleva ante un tribunal disciplinar. Para mantener su puesto de docente el tribunal le exige que se arrepienta en público. Tras negarse, el protagonista es expulsado de la universidad y repudiado por sus colegas. De Ciudad del Cabo se muda al campo con su hija Lucy, quien posee una propiedad en el interior del país. Al principio, la vida en la granja servirá para que David recupere el equilibro perdido en su vida. Luego, un asalto brutal a la vivienda desencadenará un sinfín de problemas para ambos.

La novela de Coetzee plantea, por tanto, un conflicto localista como es la relación de poder entre blancos y negros en la Sudáfrica posterior al Apartheid. El acierto del autor está en haber sabido trascender esta barrera para crear una metáfora del miedo y los cambios en el ejercicio del poder en el mundo occidental. Con una prosa extremadamente sencilla, de frases cortas y pocos adjetivos, Coetzee narra en tercera persona y en tiempo presente las desventuras de David y Lucy, claros símbolos de una clase blanca de orígenes europeos (holandeses, igual que el autor) que se ve obligada a perder los privilegios ostentados durante años en detrimento de los aborígenes. Así pues, uno de los aspectos positivos de Desgracia es que describe la situación sin maniqueísmos, sin la tradicional reducción a buenos y malos (en realidad, casi todos los personajes salen bastante mal parados).

Otro de los puntos destacables de la novela es que más que aportar soluciones —algo casi imposible y que, además, no es tarea del escritor— la obra propone reflexiones; plantea nuevas preguntas en lugar de hallar contestación a ellas. El conflicto entre Petrus y David después del asalto muestra en forma de alegoría un choque entre la civilización europea colonial y la de los aborígenes que exigen recuperar las tierras ocupadas por los Afrikaans. Al hilo de este debate aparecen multitud de meditaciones sobre el origen y la identidad de los habitantes del país, la historia del Apartheid, el derecho sobre la explotación de las propiedades y los medios que algunos utilizan con el fin de recuperar esos terrenos. Además, entretejidos en esta trama principal, surgen otros temas como los derechos de los animales (Coetzee es un reconocido activista en la materia); la violación y el ejercicio del poder a través de la sexualidad o la relación entre la naturaleza real y su representación en la poesía (David es experto en Wordsworth, el poeta inglés de la naturaleza por excelencia).

Desgracia es una lectura divertida y, al mismo tiempo, profunda. Coetzee consigue introducir reflexiones de gran calado en situaciones cotidianas, y lo hace, en parte, gracias a un estilo limpísimo, absolutamente despojado de cualquier adorno inútil, y a unos diálogos breves pero enjundiosos. Se demuestra así que pueden escribirse en la actualidad libros de calidad y contenido con una escritura accesible a cualquier tipo de lector. Pese a todo, también podemos hacerle algunas críticas a la obra: la relación de la trama central con la ópera inspirada en la vida de Lord Byron que David piensa escribir no aporta nada a la historia, y la parte final resulta un tanto desvaída. En los dos o tres últimos capítulos tenemos la sensación de que el autor no sabe cómo va a terminar. Esto desluce un poco el resto del libro, sin duda de una calidad excepcional.